A pesar de los avances en la sensibilización sobre la violencia física en contextos de pareja, continúa existiendo una zona de opacidad cuando el abuso no deja marcas visibles. Un estudio de gran escala con 1.872 adultos en Estados Unidos, ha examinado la percepción social sobre el control coercitivo, entendido como un patrón sistémico de comportamientos de intimidación (amenazas, humillaciones) y control (aislamiento, monitoreo de conductas) orientado a mantener el dominio sobre otra persona. Este patrón erosiona la libertad y la independencia de la víctima sin recurrir necesariamente a la violencia física y, como he señalado en otros momentos, es reconocible también en las dinámicas de grupos de alto control ideológico.

Los datos obligan a revisar un supuesto frecuente: la violencia de pareja no es un fenómeno unidireccional. Aproximadamente el 37,3% de las mujeres y el 30,9% de los hombres han experimentado alguna forma de violencia por parte de su pareja. Sin embargo, el estudio subraya un sesgo sistemático: los participantes mostraron un consenso significativamente mayor sobre el riesgo de daño físico y la urgencia de denunciar cuando la víctima era mujer. Este sesgo responde a estereotipos de género que atribuyen al hombre una capacidad inherente de defensa, lo que invalida su condición de víctima. La agresión de mujer a hombre tiende a ser percibida como más justificable o de menor gravedad. Las consecuencias clínicas son directas: como señala el propio estudio, “los hombres víctimas de control coercitivo están en riesgo debido a las actitudes del público o a las actitudes que ellos mismos mantienen sobre el control coercitivo”. Este sesgo macrosocial produce un efecto de etiquetado por defecto que sitúa al hombre en el rol de perpetrador y rara vez en el de víctima legítima.

El estudio establece una distinción entre escenarios de control “obvios” (amenazas de muerte, control financiero) y escenarios “menos obvios” (criticar la ropa de la pareja, controlar su alimentación). El sesgo de género se muestra significativamente más intenso en los escenarios sutiles. Cuando la víctima es un hombre y la perpetradora una mujer, el reconocimiento público del miedo de la víctima y del riesgo de daño físico alcanza su nivel más bajo. Estos comportamientos cotidianos de control resultan difíciles de identificar porque se confunden con dinámicas habituales de pareja o con expresiones de preocupación, aunque su impacto psicológico sobre la autonomía personal sea acumulativo y deteriorante.

Desde una perspectiva clínica, los pacientes en esta situación muestran una elevada reticencia a reconocer que están atrapados en una dinámica de control coercitivo. El temor a no ser creídos constituye una de las barreras psicológicas más relevantes. A esto se suman el miedo a la discriminación y la anticipación de contraacusaciones, ya que el agresor real puede instrumentalizar los sesgos del sistema para invertir los roles y presentar al hombre como el abusador. El estudio aporta un dato adicional de relevancia jurídica: en casos de violencia de pareja, las mujeres acusadas tienden a ser percibidas como menos culpables y reciben condenas con menor frecuencia y severidad que los hombres juzgados por delitos equivalentes.

Un hallazgo contraintuitivo del estudio es que los participantes LGBTQ+ mostraron menor preocupación por el control coercitivo en comparación con los participantes heterosexuales, con una tendencia estadísticamente significativa a considerar estos comportamientos como habituales en la dinámica de pareja. Esta normalización puede relacionarse con la percepción social de que la violencia de pareja sería un problema exclusivamente heterosexual. El resultado es una limitación en la percepción de riesgo: muchas personas LGBTQ+, en particular quienes son jóvenes o se han integrado recientemente a la comunidad, pueden carecer de referencias sobre qué esperar en una relación no heteronormativa, lo que dificulta el reconocimiento de señales de alerta y la identificación de la propia vulnerabilidad.

En las relaciones LGBTQ+, el control coercitivo se basa en un funcionamiento que instrumentaliza el heterosexismo y el cissexismo como vectores de daño, aprovechando la opresión sistémica para atrapar a la víctima. Las maniobras identificadas incluyen el “outing” (amenazar con revelar la orientación sexual o identidad de género sin consentimiento), el abuso de identidad (uso deliberado de pronombres incorrectos, recurso al nombre anterior o deadnaming, obstrucción al acceso a herramientas de afirmación de género), el aislamiento de redes de apoyo LGBTQ+ y el cuestionamiento o invalidación de la identidad de la víctima como mecanismo de manipulación psicológica.

El estudio examina críticamente las campañas de salud pública vigentes, incluidas iniciativas de los CDC como “VetoViolence”. Aunque estas campañas han incorporado el término “agresión psicológica”, sus imágenes y narrativas siguen privilegiando a mujeres y niñas en relaciones heterosexuales, lo que transmite un mensaje implícito de exclusión para quienes no se ajustan a ese perfil.

Como documentó el sociólogo Evan Stark en 2007, el control coercitivo permanece con frecuencia invisible a plena vista. No siempre se manifiesta de forma ruidosa: en muchos casos, son el silencio impuesto, la erosión progresiva de la autonomía y los ataques sostenidos a la identidad los elementos que definen la relación de control psicológico.

Referencias

Jordan, C., & Hurst, A. (2025). Attitudes of U.S. adults towards coercive control as a function of victim and perpetrator gender and respondent sexual orientation. Sex Roles, 91(72).

Perlado, M. (2020). ¡Captados! Todo lo que debes saber sobre las sectas. Qué son, cómo funcionan, cómo ayudar. Editorial Ariel.