Es una de esas preguntas clásicas: «¿Quién cuida al que cuida?». ¿Debe ir el profesional a psicoterapia? La respuesta corta es un rotundo sí. No solo por salud mental personal, sino por una cuestión de ética y eficacia profesional. Y más todavía si su ejercicio profesional tiene que ver con la psicoterapia. En una psicoterapia, nosotros somos los instrumentos de trabajo. Si la herramienta está desafinada o llena de «puntos ciegos», el tratamiento del paciente se va a resentir.
El psicoanálisis ha sido el modelo teórico-clínico que más ha insistido desde sus inicios en la necesidad ineludible de la psicoterapia personal del propio psicoterapeuta. Por ejemplo, un profesional que quiera formarse como psicoanalista debe pasar por su propio análisis durante años con varias sesiones semanales antes de que se le permita tratar a otros de forma independiente. Otras corrientes incorporaron más tarde este requisito, como por ejemplo, los modelos de terapia familiar, que articulan espacios para trabajar con la propia historia familiar del terapeuta para elaborar sus conflictos o sus lealtades inconscientes para no tomar partido o proyectar sus dramas familiares cuando tiene a una familia o pareja delante en consulta. Históricamente, la terapia cognitivo-conductual no exigía terapia personal, ya que se centraba más en la técnica y «la evidencia científica». Sin embargo, eso está cambiando en los últimos años, particularmente, con las intervenciones terapéuticas de tercera generación.
Investigaciones sobre la alianza terapéutica sugieren que la capacidad del terapeuta para gestionar sus propias reacciones emocionales es un predictor clave del éxito del tratamiento. Es decir, que sin terapia personal, el profesional corre el riesgo de depositar sus propios problemas en la sesión. Por otro lado, la misma práctica profesional es emocionalmente agotadora: escuchar traumas, abusos y sufrimientos diarios tiene un impacto real n la mente y la salud del profesional. Un estudio publicado en el Journal of Clinical Psychology reveló que aproximadamente el 84% de los psicólogos han asistido a terapia personal en algún momento de su carrera. Los que lo hacen reportan niveles significativamente menores de agotamiento emocional. Por tanto, la terapia ayuda al psicoterapeuta a establecer límites saludables, evitando que los problemas de sus pacientes «se vayan a casa» con él.
El estudio más extenso sobre el desarrollo de los psicoterapeutas fue realizado por la Society for Psychotherapy Research (SPR), en el que analizaron las respuestas de más de 5.000 profesionales de todo el mundo. Fruto de ese estudio, pudieron constatar que la psicoterapia personal del profesional permite que este aprenda «en carne propia» cómo funciona una psicoterapia y cómo se siente estar en el lugar del paciente. Además, aumenta la capacidad de comprender la vulnerabilidad del otro al haber sido vulnerable uno mismo. Y, finalmente, mejora la paciencia y la tolerancia a la frustración durante procesos lentos, como son los de una psicoterapia.
Saber mucha psicología inmuniza al profesional de sufrir. De hecho, existe el riesgo de la intelectualización: el psicólogo intenta «explicar» su malestar con teorías en lugar de sentirlo y elaborarlo. La psicoterapia obliga al profesional a revisar sus defensas y a estar más cerca emocionalmente de sus pacientes. Si un psicólogo no ha ido a terapia, existe el riesgo de que «use» su sesión de terapia para validarse a sí mismo, para no sentirse necesitado o para darle consejos basados en su vida y no en sus necesidades. Un psicoterapeuta que no va a terapia es como un cirujano que no se lava las manos antes de operar: puede que sepa mucho de anatomía, pero corre el riesgo de infectar el campo de trabajo con sus propias bacterias. Aunque para algunos, especialmente dentro de modelos conductuales-cognitivos, un cirujano no necesita haber sido operado de apendicitis para saber quitar una apéndice con éxito; bastaría, dicen, con que domine la técnica y la anatomía. Además, sostienen que obligar a un profesional a ir a terapia es asumir que todos tienen traumas o conflictos que resolver. Sin embargo, el instrumento del cirujano es el bisturí (un objeto inerte). El instrumento del psicoterapeuta es su propia mente (un objeto vivo y reactivo). Si el cirujano tuviera un temblor en la mano, no podría operar; la terapia personal para el psicólogo es el equivalente a calibrar el pulso. No se trata de «haber estado enfermo», sino de asegurar que la herramienta (la mente del terapeuta) esté estable y pueda diferenciar lo propio de lo ajeno.
Como usuario de la psicoterapia, usted no sólo tiene el derecho de saber si su psicoterapeuta ha tenido terapia personal, sino también de saber si supervisa su práctica profesional como una manera de cuidarse y poder cuidar mejor. A la hora de buscar un profesional, aparte de valorar que esté adecuadamente acreditado en psicoterapia -ya que hoy día existen muchos profesionales que se describen como «terapeutas» o «psicoterapeutas» sin formación específica alguna- es conveniente que valore si tuvo su propia psicoterapia personal y si supervisa su práctica profesional, ya que esos son dos indicadores de que al menos se pondrá en buenas manos.